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  • Susana Garcia Guillén

Cuando el cuerpo dice basta

Nuestra mente es capaz de influir en nuestro cuerpo y en las sensaciones físicas que percibimos. Si pensamos en algo que nos genera angustia podemos comprobar cómo nuestro cuerpo se tensa, aumenta nuestro ritmo cardíaco y respiratorio. Así mismo, si comenzamos a tener taquicardias o sudores fríos, esto influye en nuestra manera de pensar e interpretar la realidad ya que sentimos que estamos ante una situación amenazante o que estamos perdiendo el control, por lo que el cuerpo también influye en nuestra mente.

Esto demuestra que nuestra salud física y nuestra salud mental están íntimamente relacionadas y además se retroalimentan. Ya que por un lado, los problemas psicológicos pueden aumentar el riesgo de alteraciones físicas (como por ejemplo enfermedades cardiacas, diabetes o accidentes cerebro vasculares) y por otro, los problemas físicos pueden generarnos alteraciones del estado de ánimo y provocarnos emociones de tristeza, miedo, enfado, angustia o ansiedad.

El problema surge cuando se genera un desequilibrio en nuestro bienestar emocional (las emociones se acumulan, cronifican y/o se “atascan”) y es entonces cuando pueden aparecer las somatizaciones.


La somatización es un proceso inconsciente (no intencionado) por el que el malestar emocional se manifiesta a través de síntomas físicos reales sin que estos tengan una causa orgánica conocida.


Tu cuerpo escucha todo lo que tu mente dice y grita todo lo que calla.

El cuerpo expresa a través de dolencias, molestias o incluso enfermedades aquellas emociones, pensamientos o situaciones que no han sido “resueltas” o superadas. El grado de expresión (un dolor de estómago aislado o una úlcera gástrica, por ejemplo) dependerá de nuestras características individuales y la situación estresante que se esté atravesando.

En realidad, todos hemos experimentado somatizaciones en algún momento de nuestra vida. La somatización puede ser un síntoma normal en procesos de duelo, depresión, ansiedad, estrés… Incluso en ocasiones emociones como la tristeza, ansiedad o miedo pueden transformarse en dolores de cabeza, estómago, tensiones musculares, cervicales… Si el malestar se mantiene en el tiempo puede interferir significativamente en la vida de la persona, lo que puede aumentar la probabilidad de aparición de otros trastornos físicos y/o mentales.

Entre las principales causas de la somatización están el estrés continuado, largos periodos de ansiedad o problemas emocionales persistentes. A muchos nos ha pasado que, tras un periodo de estrés en el trabajo, empezamos las vacaciones y nos ponemos enfermos o nos sentimos excesivamente cansados. Esto refleja cómo cuando nuestra mente se relaja, el cuerpo nos da un toque de atención para que descansemos y nos cuidemos.

Los tipos de somatización son muy variados, algunos de los más frecuentes son:

dificultades de concentración, pérdidas de memoria, mareos, taquicardias, fatiga, debilidad corporal, problemas gastrointestinales, dolores de cabeza, problemas dermatológicos, dolor de pecho y/o dificultades para respirar, dolor o tensión en el cuello o espalda, disminución del interés sexual, alteraciones menstruales, disfunción eréctil o eyaculatoria.

En estos casos (cuyo origen no es físico) el tratamiento farmacológico puede aliviar estos síntomas. Sin embargo, dado que la principal causa es de origen psicológico, es necesaria la intervención de un profesional de la salud mental para conseguir efectos a largo plazo. Aprender a manejar el estrés y afrontar los problemas de la vida diaria de manera apropiada junto a un buen manejo emocional ayuda a reducir estas somatizaciones.

«No dejes que tu mente acose tu cuerpo». June Tomaso Wood.

Si estás experimentando molestias físicas que no tienen una causa orgánica determinada, aquí tienes algunas recomendaciones que quizás te pueden ayudar:

  1. Préstate atención: si tienes alguna molestia física que no tenga una causa orgánica, piensa qué problema puede estar afectándote.

  2. Permítete sentir, desahógate y cuéntalo. Poner palabras a los pensamientos y emociones (hablar) nos ayuda a reinterpretar la situación que nos está afectando y a procesar nuestras experiencias. Si no te gusta hablar, puedes usar otras técnicas de expresión a través del dibujo o la escritura.

  3. Pregúntate si puedes hacer algo para cambiar la situación que te genera malestar. Si la respuesta es sí, ponte en marcha. Si la respuesta es no, acéptalo. Dar vueltas a algo que no depende de nosotros aumentará nuestro desgaste y frustración ya que no podemos hacer nada para cambiar lo que no depende de nosotros. En este caso, intenta focalizarte en lo que puedes sacar de esa experiencia.

  4. Cuídate, recuerda que eres lo más importante. Pon el foco en tu bienestar físico y psicológico. Intenta mejorar tus hábitos de alimentación, sueño e intenta practicar algo de ejercicio físico.

  5. Pide ayuda. Si crees que esto te está afectando más de lo que te gustaría, siempre puedes contar con la ayuda de un profesional de la salud mental.

AQUÍ SÓLO IMPORTAS TÚ






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